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El desarrollo moral en la infancia
El desarrollo moral es el proceso mediante el cual niños y adolescentes aprenden a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, desarrollando valores, empatía y sentido de justicia. Este crecimiento no solo influye en su conducta, sino también en la manera en que se relacionan con los demás y toman decisiones éticas en su vida diaria.
Como psicóloga online, trabajo con familias y jóvenes para fomentar un desarrollo moral saludable, ayudándoles a fortalecer su autoestima, responsabilidad y habilidades sociales. Comprender esta etapa del crecimiento es fundamental para guiar a los niños y adolescentes hacia una vida más equilibrada y con relaciones respetuosas.
Teoría de la mente
Equipado con la teoría de la mente, la toma de perspectiva, una empatía matizada y un sentido de justicia, un niño puede empezar a luchar para diferenciar lo correcto de lo incorrecto.
Piaget recalcó que los juegos de los niños tienen que ver con el establecimiento de reglas sobre un comportamiento apropiado (reglas que pueden diferir de las de los adultos) y cómo esto implica la existencia de etapas cada vez más complejas.
Etapas del desarrollo moral (Lawrence Kohlberg, 1950)
A los niños les presentaba enigmas morales. Por ejemplo: la única dosis del único fármaco que salvaría a una pobre mujer de morir es prohibitivamente cara. ¿Debería robarlo? ¿Por qué?
Kohlberg concluyó que el juicio moral es un proceso cognitivo, construido alrededor del razonamiento cada vez más complejo a medida que el niño va madurando. Propuso sus famosas tres etapas del desarrollo moral, cada una de ellas con dos subapartados.
Te han dicho que no te comas la tentadora galleta que tienes delante.
¿Deberías comértela?
Etapas de razonamiento que participan en esa decisión
Nivel 1: ¿Debería comerme la galleta? Razonamiento preconvencional
Etapa 1. Depende. ¿Qué probabilidades tengo de ser castigado por ello? Ser castigado es desagradable. La agresividad alcanza habitualmente su pico entre los dos y los cuatro años, después de lo cual los niños son frenados por el castigo de los adultos («Ve y siéntate en la esquina») y de los compañeros (p. ej., siendo marginados).
Etapa 2. Depende. Si me abstengo, ¿seré recompensado? Ser recompensado es algo bueno.
Ambas etapas están orientadas hacia el yo —obediencia e interés propio (¿Qué saco de esto?)—. Kohlberg encontró que los niños están, generalmente, en esta etapa entre los ocho y los diez años.
La preocupación surge cuando la agresividad, especialmente si es despiadada y sin remordimientos, no declina alrededor de estas edades —esto predice un riesgo elevado de convertirse en un adulto sociópata (también se conoce como tener una personalidad antisocial)
Fundamentalmente, el comportamiento de los futuros sociópatas parece inmune a la retroalimentación negativa. Los altos umbrales de dolor de los sociópatas ayudan a explicar su falta de empatía —es difícilsentir el dolor de alguien cuando no puedes sentir el tuyo—. También ayuda aexplicar la inmunidad a la retroalimentación negativa: ¿por qué cambiar tuconducta si el castigo no se nota?
También es alrededor de esta etapa cuando, por primera vez, los niños se reconcilian después de los conflictos y obtienen sosiego de esa reconciliación (p. ej., se reduce la secreción de glucocorticoides y la ansiedad). Esos beneficios sugieren, sin duda, que el interés propio motiva la reconciliación.
Esto se puede ver de otra manera más política: los niños se reconcilian más rápidamente cuando la relación en cuestión les interesa.
Nivel 2: ¿Debería comerme la galleta? Razonamiento convencional
Etapa 3. Depende. ¿Quién se quedará sin ella si me la como? ¿Me gusta esa persona? ¿Qué harían otros? ¿Qué pensará la gente de mí si me como la galleta? Está bien pensar en los demás; es bueno estar bien considerado.
Etapa 4. Depende. ¿Cuáles son las normas? ¿Son sacrosantas? ¿Qué ocurre si alguien se las salta? Está bien tener un orden. Es el juez el que, creyendo que los préstamos bancarios son abusivos pero legales, piensa: «Lo siento por estas víctimas…, pero estoy aquí para decidir si el banco violó la ley… y no lo hizo».
El razonamiento moral convencional es relacional (sobre tus interacciones con los demás y sus consecuencias); la mayoría de los adolescentes y adultos se hallan en este nivel.
Nivel 3: ¿Debería comerme la galleta? Razonamiento postconvencional
Etapa 5. Depende. ¿Qué circunstancias condujeron a que la galleta esté ahí? ¿Quién decidió que yo no debería coger la galleta? ¿Salvaría una vida cogiendo la galleta? Es agradable cuando las reglas claras se aplican de forma flexible. Ahora es cuando el juez pensaría: «Sí, las acciones del banco eran legales, pero en última instancia, las leyes existen para proteger a los débiles de los poderosos, así que, a pesar de haber firmado los contratos o cualquier otra cosa, hay que detener a ese banco».
Etapa 6. Depende. ¿Es esta postura moral que adopto más indispensable que alguna ley, una postura por la que pagaría el precio más elevado si fuera necesario? Es bueno saber que hay cosas por las que cantaría repetidamente: «No nos moveremos».
Este nivel es egoísta, ya que las reglas y su aplicación vienen desde dentro y son un reflejo de la consciencia, y en las que una transgresión supone el coste máximo —después de eso tienes que vivir contigo mismo—. Reconoceque ser bueno y obedecer las leyes no son sinónimos.
La etapa 6 también es egoísta, construida implícitamente sobre la arrogancia que sobrepasa la de los legisladores y contables burgueses.
Los kohlbergianos apenas encontraron algún ejemplo que estuviera sistemáticamente en la etapa 5 o en la 6.
Kohlberg inventó básicamente el estudio científico del desarrollo moral de los niños.
No obstante, el trabajo de Kohlberg tiene puntos problemáticos. Existen excepciones, las transiciones en la maduración no están claras y en algún caso la etapa puede depender del contexto.
Kohlberg estudió inicialmente a los humanos habituales poco representativos, es decir, a los estadounidenses, y los juicios morales difieren de una cultura a otra. Además, los sujetos eran del sexo masculino, hecho que fue cuestionado en la década de 1980 por Carol Gilligan, de la Universidad de Nueva York (NYU). Ambos estaban de acuerdo con la secuencia general de las etapas. Sin embargo, Gilligan y otros demostraron que, a la hora de realizar juicios morales, las niñas y las mujeres valoran la preocupación por la justicia, al contrario que los niños y los hombres. Como resultado, los sujetos del sexo femenino se inclinan hacia el pensamiento convencional y su énfasis en las relaciones, mientras que los del sexo masculino se inclinan hacia las abstracciones postconvencionales
¿Son los juicios morales más el resultado del razonamiento o de la intuición y la emoción?
Los kohlbergianos piensan que son más el resultado del razonamiento. Pero, hay un montón de organismos con capacidades cognitivas limitadas, entre los que están los niños más pequeños y los primates no humanos, que muestran sentidos rudimentarios de imparcialidad y justicia. En esos hallazgos se basan las opiniones sobre la toma de decisiones de los «intuicionistas sociales», asociadas a los psicólogos Martin Hoffman y Jonathan Haidt, ambos de la Universidad de New York
La cuestión estaría en si el razonamiento moral y el intuicionismo moral interactúan. La intuición moral es un estilo diferente de cognición a partir del razonamiento consciente; y, a la inversa, el razonamiento moral es a menudo ilógico.
Es decir, ¿predice el razonamiento moral la acción moral? Casi nunca, el heroísmo moral rara vez surge a partir de la fuerza de voluntad del lóbulo frontal. En vez de eso, se produce cuando hacer lo correcto no es lo más difícil.
El lóbulo frontal y su conectividad cada vez mayor con el resto del cerebro
son el ancla de la neurobiología de la creciente sofisticación de los niños,
fundamentalmente en su capacidad de regular las emociones y el
comportamiento.
El test del malvinisco
En la década de 1960, el psicólogo de Stanford Walter Mischel desarrolló el «test del malvavisco» para estudiar el aplazamiento de la gratificación. Un niño tiene delante un malvavisco. El experimentador dice: «Salgo de la habitación un rato. Puedes comerte el malvavisco cuando me vaya. Pero si esperas y no te lo comes hasta que regrese, te daré otro», y se marcha. Y el niño, observado a través de un espejo falso, empieza su reto solitario de aguantar quince minutos hasta que el investigador regrese.
Estudiando a cientos de niños de entre tres y seis años, Mischel observó una enorme variabilidad —unos pocos se comían el malvavisco antes incluso de que el experimentador saliera de la habitación—. Un tercio más o menos aguantaba los quince minutos. El resto se situaba de forma dispersa entre medias, tardando una media de once minutos en comérselo. Las estrategias de los niños para resistir al malvavisco eran diferentes.
Algunos niños se tapaban los ojos, otros escondían el malvavisco, o cantaban para distraerse. Otros gesticulaban y se sentaban sobre sus manos. Otros olían el malvavisco, cogían un trocito infinitamente pequeño para comérselo, otros lo cogían reverencialmente, lo besaban, lo acariciaban.
Varios factores modulan la fortaleza de los niños (esto se pudo comprobar en estudios posteriores descritos en el libro de Mischel en el que, por alguna razón, eran pretzels en lugar de malvaviscos). La confianza en el sistema era importante —si los experimentadores habían traicionado previamente alguna promesa, los niños no esperaban tanto—. El fomentar que los niños pensaran en lo crujientes y deliciosos que eran los pretzels (lo que Mischel llamó «conceptualización directa») destruía la autodisciplina; hacerles pensar en una «conceptualización fría» (p. ej., la forma de los pretzels) o en una conceptualización directa alternativa (p. ej., un helado) reforzaba la resistencia.
Como era de esperar, los niños más mayores aguantaban más, utilizando estrategias más efectivas. Los niños más jóvenes describieron luego sus estrategias así: «No dejaba de pensar en lo bueno que sería un segundo malvavisco». El problema, por supuesto, es que esta estrategia está alejada unas dos sinapsis del pensamiento sobre el malvavisco que tienes delante de ti. En cambio, los niños más mayores usan estrategias de distracción —pensar en juguetes, mascotas, sus cumpleaños—. Esto progresa hacia estrategias de reevaluación («Esto no va de malvaviscos. Esto tiene que ver con la clase de persona que soy»).
Para Mischel, la maduración de la fuerza de voluntad tiene que ver más con las estrategias de distracción y de reevaluación que con el estoicismo. Así que los niños mejoran en el aplazamiento de la gratificación.
Estudio correlacional de Mischel
El siguiente paso que dio Mischel convirtió a sus estudios en emblemáticos: siguió observando a los niños después de eso, viendo si el tiempo de espera para comerse el malvavisco predecía algo sobre su vida adulta.
Y lo hizo. Los niños de cinco años en paciencia en el experimento del malvavisco alcanzaban puntuaciones superiores en selectividad (en comparación con los que no podían esperar), además de un mayor éxito social y resiliencia y una menor agresividad y comportamiento de confrontación.
Cuarenta años después del experimento del malvavisco, eran excelentes en el funcionamiento frontal, mostraban una mayor activación de la CPF durante las tareas frontales, y tenían índices más bajos de masa corporal.
Bibliografía
R., S. (2017). Compórtate.
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Psicóloga online y presencial en Vecindario infantil, adolescentes, adultos y mayores
Soy María Jesús, psicóloga online y presencial en Vecindario. Acompaño a personas de todas las edades a comprender lo que sienten, recuperar su equilibrio emocional y construir una vida más plena, con herramientas psicológicas eficaces y un trato humano y cercano.
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